lunes, 18 de noviembre de 2013

Algunos Artículos

Compartiré por este medio algunos artículos y noticias que los y las participantes envían al correo. (Jimena)



Cuando la culpa es de la víctima
Por: Juan Mosquera | noviembre 17, 2013
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las 2 orillas.
Dicen víctima y tú escuchas culpable, te parece igual. La mujer denuncia que ha sido violada, que han tomado por asalto su cuerpo y su dignidad y tú piensas que la culpa es de la minifalda, de los tragos, del sobretodo pero —sobre todo— para ti el atacante nunca tiene más responsabilidad que el atacado. Hablan de Drácula y tú piensas que la culpa es del cuello y no del vampiro. Y lo dices en público con todas las letras que conoces esperando que te conteste un silencio porque tu pensamiento, crees, es certeza infalible por demás.
Dices víctima y dices culpable, te da igual. Escuchas que ha alguien ha muerto en un barrio popular y sin pudor piensas que seguramente algo andaba haciendo mal y ha de ser por eso que le dispararon. Tu vida es conjetura. Tu vida es presunción. Tu vida es prejuicio.  Y como tantos piensan igual que tú sostienes que esa manera de ver la vida es la forma en que se presenta la verdad.
Dicen víctima y tú murmuras: culpable. Te cuentan que alguien venía de regreso a casa, después del trabajo o del estudio tal vez, y a pocas cuadras de su puerta lo asaltan, le roban, huyen. Y tu primera pregunta es ¿qué andaba haciendo por allá? Después te acuerdas de averiguar si la protagonista de la historia está bien.
¿Y si la mujer violada es tu hija?
¿Y si el muerto es tu hermano?
¿Y si el atracado eres tú?
Dicen víctima y tú sentencias: culpable. Te recuerdan en el noticiero lo que sucedió con un pueblo tomado años atrás con barbarie y sevicia por paramilitares con complicidad de policía y ejército y tú no te indignas, no te llevas las manos a la cabeza, no te duele el corazón, no te deshaces el nudo de la corbata siquiera. Tú crees que merecían algo de ese horror porque todos debían ser guerrilleros o mínimo auxiliadores como dicen por ahí.
Hay días en que duele más vivir en este país de la indolencia.
Es tan fácil suponer.
Es tan fácil prejuzgar.
Es tan fácil sospechar.
Es tan estúpido que se haya instalado entre nosotros esa lógica fatal que dice, simplista, que “alguna cosa debía” aquel que sufre como si todo en la vida fuera una cuenta por pagar. Tenemos mil excusas como sociedad con las que aprendimos a mirar para otro lado para no vernos a los ojos y sentir que la cosa no es conmigo. Toda desgracia le sucede a los otros, no a nosotros. Y olvidamos que nosotros somos los otros de los otros.
Aquí tú eres culpable por ser víctima. Hay una lógica siniestra y cínica en esa manera de pensar.Y que sea casi una forma ya del ADN nacional evidencia una suerte de metafórica malformación genética que convendría empezar a tratar. Al menos para que los que están por nacer no conciban el mundo igual.
Decir víctima es señalar con una palabra una historia que emparenta con lamento. No te miento.  Algo huele mal cuando se convierte en otra manera de discriminar. Es justo y necesario tener presente que víctima es una palabra sin estrato ni geografía definida y tampoco es sinónimo de culpa.
En una violación la culpa no es de la minifalda, es del violador.
En un robo la culpa no es del reloj el celular o la billetera sino del ladrón.
En un homicidio la culpa no es de la esquina, es del asesino.
Cuando la culpa es de la víctima el juicio también lo pierde el juez.

Murió Doris Lessing, Nobel de Literatura: aquí su última entrevista

Según lo informó The Guardian, a la edad de 94 años murió la autora de más de cincuenta novelas, galardonada con la máxima distinción de las letras en el año 2007.
Por: noviembre 12, 2013
Murió Doris Lessing, Nobel de Literatura: aquí su última entrevista
En el sofá de Doris Lessing
A través del televisor, ruge la marabunta. El festival hípico de Cheltenham es uno de esos acontecimientos que los aficionados británicos a las carreras de caballos esperan cada año con impaciencia. Nuestra anfitriona sigue emocionada las evoluciones de un corcel llamado Kauto Star, al parecer una especie de Zidane de la raza equina. En un determinado momento, parece salir de su abducción televisiva y pregunta: “¿A ustedes no les gustan los caballos?”. Y, decepcionada pero educadamente, agarra el mando a distancia que se escondía bajo un montón de periódicos y un abrupto fundido en negro interrumpe el salto del potro en el televisor. “Venga, empecemos la entrevista”. Enérgica y con una dicción propia de una actriz de teatro, la última mujer premio Nobel de literatura, la británica Doris Lessing, 88 años, nos recibe con toda naturalidad, en bata y camisón de dormir, un día melancólicamente lluvioso en su casa de tres pisos de Londres. Tras dejarse hacer unas cuantas fotos, se dirige a un alargado sofá rojo de sky, aparta un poco de él una sábana y una manta y ordena: “Usted póngase aquí, ¡a mi lado!”.
-¿Y esa sábana?
“Estamos sentados en mi cama, joven. Ahora duermo aquí por las noches, tengo la cama de verdad en el piso de arriba pero hay que subir siete tramos de escalera para llegar a ella, y me duele tanto la espalda que me cuesta demasiado…”.
Empezamos hablando de su última novela publicada, “La grieta”, ambientada en la era de las cavernas y en la que narra cómo se encontraron por primera vez los hombres y las mujeres. Lessing explica que “hay científicos que aseguran que el primer ser humano de la Tierra fue una mujer, y que, por tanto, los hombres llegaron después. Sin entrar en si es o no verdad, era algo tan sugerente que, cuanto más pensaba en ello, más posibilidades le encontraba. Así, empecé a especular qué habría sucedido si las mujeres hubieran habitado solas la Tierra durante un largo tiempo, en una isla, con muy buen tiempo y con comida a su alcance, e ideé una comunidad primitiva exclusivamente femenina, donde ellas tenían la facultad de reproducirse sin el concurso de los hombres. Y, un día, de repente, nace el primero de ellos. ¿Se imagina? La contemplación de sus genitales debió de resultar, sin duda, un enorme shock para las mujeres, que debieron ver con una mueca de repugnancia aquellos apéndices monstruosos, ignorando sus funciones. Así que, en mi libro, los bebés-monstruo (así los llaman ellas) son llevados por las águilas a otra parte, y viven y crecen alejados de las mujeres –las ‘grietas’- hasta que, un día, un grupo de ellas decide emprender una expedición para llegar hasta ellos, los ‘chorros’”.
Curiosamente el apellido Lessing lo heredó de un matrimonio por conveniencia con el exiliado alemán Gottfried Lessing, un camarada al que le dio un hijo en 1945.

Curiosamente el apellido Lessing lo heredó de un matrimonio por conveniencia con el exiliado alemán Gottfried Lessing, un camarada al que le dio un hijo en 1945.
El libro se lee como una parábola que aborda temas como las diferentes concepciones del ocio, el trabajo y las responsabilidades entre los sexos, situando al hombre en un estadio más infantil, en un sentido no despectivo, pues el macho humano es visto como una criatura “maravillosa e inquieta”. La violencia de algunas escenas contrasta con el tono suave de cuento del conjunto, le decimos, y ella responde: “¿Le puedo contar una cosa sobre eso? Las reseñas dijeron: ‘¡Cuán desagradable resulta la mutilación de los niños pequeños, cuando las mujeres les arrancan el pene!’, e hicieron hincapié en la crueldad femenina, digamos que de algún modo los críticos literarios sintieron la mutilación del pito como propia. Pero lo curioso es que, al principio, cuando los chicos conocen a las chicas, describo una violación colectiva, en la que todo el mundo penetra a la mujer antes de matarla ¡y nadie ha hecho mención de ello! Me pregunto si eso resulta menos violento que la mutilación genital de un hombre”. En cualquier caso, Lessing cree que “hombres y mujeres vivimos en mundos diferentes, no solo en mi libro, sino en la vida real. Somos gente muy distinta. Es un gran error negarlo. Somos dos especies que intentan vivir juntas para no sentirse solas. Así es como lo veo”.
De repente, suena el teléfono. A diferencia de otros premios Nobel que hemos encontrado a lo largo de esta serie, ella no tiene asistentes para las labores de oficina. Siempre descuelga personalmente, como si fuera todavía la misma madre soltera que en 1949 llegó a un Londres gris y destruido por los bombardeos de la guerra mundial. Llevaba entonces a su hijo Peter en los brazos, el mismo que ahora, mientras hablamos, espera en la cocina. Ya no viven en pensiones, compartiendo planta con prostitutas, sino en una casa burguesa, muy británica, donde el toque anárquico lo dan los libros, que se amontonan en los rincones más inverosímiles de la vivienda, formando pilas que desafían la ley de la gravedad, o apareciéndose en un tramo de escalera como si se estuvieran escapando de unas cajas de cartón medio llenas. En el salón donde hablamos, el sol ilumina a ratos el polvo volátil de exóticas alfombras y tapices, superpuestos en azarosos encabalgamientos.
Las peripecias familiares de Lessing pueden seguirse en sus libros autobiográficos, como “En busca de un inglés” (1960), que se reeditará en mayo, con el título de “Made in England”, “Dentro de mí” (1994) o “Un paseo por la sombra” (1997). Sintetizando, tras nacer en Persia de padres británicos y emigrar a los 5 años a Rodesia (actual Zimbabwe), se casó muy joven, tuvo un hijo y una hija, y después se divorció y se casó con Gottfried Lessing, una estrella del Partido Comunista quien, tras darle otro hijo, Peter (a quien todavía cuida a causa de una minusvalía), la dejó por chicas más jóvenes. Lessing se fue sola a Inglaterra, con poco más de 100 libras en el bolsillo y el manuscrito de su primera novela, “Crece la hierba”, abandonando a su anterior familia. Sucesivas experiencias le hicieron desencantarse del amor romántico idealizado, casi a la par que del comunismo. Madre soltera y sin dinero, trabajó de todo: telefonista, niñera, oficinista e incluso hizo de periodista, un trabajo que dejó porque “el director me decía las ideas que tenía que defender en los artículos, y eso es intolerable ¿verdad?”. Su hijo mayor, John, granjero, murió de un infarto en 1992, y su hija Jean vive actualmente en Sudáfrica. Aunque Peter está en la casa mientras hablamos, su madre no quiere que aparezca en el reportaje: “Tengo 88 años y cuido de un hijo enfermo, no es que mi vida sea lo que esperaba pero, desde luego, no hablo de ello”.
El cuaderno dorado (1962) la novela que más fama haya otorgado a Doris Lessing.
El cuaderno dorado (1962) la novela que más fama haya otorgado a Doris Lessing.
Lessing sigue donde ha estado siempre, al lado de los débiles, aunque con la edad haya desarrollado un caparazón de escepticismo en relación a las ideologías. “No me gustan los sistemas cerrados de pensamiento, yo renuevo constantemente mis ideas. Fui comunista hasta 1954 y me inculcaron la idea de clase obrera como una especie de ideal de pureza, un grial, un ideal platónico inalcanzable que yo perseguía yendo a las fábricas a trabajar, a ver si conseguía ser una obrera de verdad. Hasta que me di cuenta de que lo que existe en realidad es la gente, gente muy diferente, sencillamente, que se las tiene que arreglar con muy poco dinero para llegar a fin de mes. Eso es todo”.
Hace unos meses, visitamos a Doris Lessing en esta misma casa, pocos días antes de que se hiciera público que su estado de salud le impedía recoger el premio Nobel en Estocolmo, el pasado diciembre. Entonces, ya nos habló de sus problemas de espalda. “En realidad –revela ahora-, tuve problemas serios de corazón. Mi espalda no está bien, pero lo que tengo más grave ahora es el corazón”.
-¿No será por los sobresaltos del Nobel?
-(suspira) No me sorprendería en absoluto que el galardón fuera la causa. Cuando ganas este premio –que, por otro lado, es una alegría muy grande-, tu vida cambia por completo. ¡Bang, bang, bang! Es como si te dispararan cada día al suelo y tuvieras que saltar. ¡Bang, bang, bang! Suena el timbre de la puerta, el teléfono, todo el mundo quiere verte… Y tu cuerpo y tu corazón se resienten. Tengo que sentarme a menudo, no puedo subir escaleras…
-Pero, si duerme aquí… ¿dónde escribe?
-¡Tengo el despacho arriba, también! Ahí se ha quedado mi vieja máquina de escribir, esperando que mi espalda mejore y pueda subir a buscarla. Ahora, de hecho, no escribo, solo doy entrevistas y recibo gente. Algún amigo –Pinter, Pamuk- ya me había advertido que el primer año en que recibes el premio no puedes escribir, te lo tienes que pasar atendiendo a la gente. Creía que era una coquetería de escritor pero ahora veo que es cierto.
Lessing acaba de entregar una nueva novela a su editor, titulada “Alfred y Emily” (los nombres de sus padres), que se publicará en mayo en Gran Bretaña. “Trata sobre cómo sería el mundo si no se hubiera producido la primera guerra mundial. Mis padres fueron víctimas de esa guerra, él perdió su pierna pero lo importante es que la contienda destrozó sus vidas. En la primera parte del libro, planteo lo que hubiera sucedido si esa guerra no hubiera tenido lugar. Por ejemplo, no hubiéramos tenido la revolución rusa ni la Unión Soviética ni el Tercer Reich ni el Holocausto, y tampoco a Hitler o Lenin ni, por supuesto, la segunda guerra mundial”. Pero no se trata de una novela de grandes acontecimientos históricos porque “sobre todo, muestro la vida cotidiana de las gentes, especialmente la de mis padres, que hubieran podido llevar una existencia corriente. Como contraste, la segunda parte del libro es lo que sucedió realmente y le aseguro que los lectores van a llorar, como yo misma lloré cuando la escribía, he pasado un momento terrible con esta obra… Es muy anti-bélica, muestro cómo la guerra aniquila la vida de la gente sencilla. Aparece mi padre, que hubiera sido granjero en Essex, ese era su sueño, y mi madre, muy buena e inteligente, organizando todo tipo de actividades humanitarias”.
-¿Y usted? ¿Qué hubiera sido de usted?
-No aparezco. Nunca nací. Tampoco mi hermano.
Tiene muchos recuerdos de su padre pero, sobre todo, “que estaba loco. Sólo bebía agua que hubiera estado largo tiempo expuesta al sol, tenía que colocar su cama de modo que fluyeran por su cuerpo las corrientes eléctricas que venían de los polos, y sólo podía vivir en una casa con paja en el suelo para no recibir las emanaciones de los minerales de la tierra. ¿Qué le parece?”.
Apasionada de la mística sufí, defiende una visión sincrética de las religiones. “Si leemos, uno tras otro, todos los libros del viejo testamento, los evangelios apócrifos, el nuevo testamento y el Corán, nos daremos cuenta de que todos tratan de la misma gente, de las mismas historias, como si fueran diferentes relatos de la mitología griega. Es decir, se puede ver el judaísmo, el cristianismo y el Islam como una única religión en diferentes estadios o pasajes. Pero todos ellos están muy celosos el uno del otro, y todos aseguran ser la única religión verdadera. Yo escribí ‘Shikasta’ utilizando los textos de todos esos libros, porque los musulmanes también hablan de Jesús y María. Utilicé todo eso para crear un nuevo mundo yo misma, con planetas, imperios galácticos, el diablo, los dioses…”.
El 31 de diciembre 1999, dentro de la lista de honores del Reino Unido ante el nuevo milenio, Doris Lessing fue nombrada “Mujer de Honor, al servicio nacional visible"
El 31 de diciembre 1999, dentro de la lista de honores del Reino Unido ante el nuevo milenio, Doris Lessing fue nombrada “Mujer de Honor, al servicio nacional visible”
Políticamente, afirma que “palabras como ‘izquierda’ o ‘derecha’ no significan ya demasiado para mí. Contemplo la política como un gran drama, una representación con algunos momentos buenos, como cuando su rey Juan Carlos impuso la democracia en España frente al golpismo de ultraderecha. ¡Maravilloso! Pero, con los horribles Bush y Tony Blair, sólo hemos tenido malos momentos. Con Gordon Brown hemos mejorado, no porque sea brillante, sino porque era imposible estar peor” Vería con buenos ojos que los demócratas se hicieran con la presidencia de EE.UU aunque opina que Barack Obama “no duraría mucho como presidente, tengo varios amigos en EE.UU. que piensan que si gana, lo van a matar. Es algo sorprendente para un europeo, ¿verdad? creer que pueden asesinar a tu presidente, pero muchos americanos están convencidos y eso es inquietante, porque nadie piensa, por ejemplo, que Bush esté en peligro de muerte, a pesar de las barbaridades que ha hecho”.
Lessing cuenta, sonriente, cómo una vez, en los años 70, un miembro del comité Nobel se le acercó y le dijo, en un tono frío: “Usted no nos gusta, nunca ganará el premio”. “Fue por mis posiciones críticas respecto al movimiento feminista, me dijeron que mi posición era muy escandalosa. Yo vivía una situación muy embarazosa, porque aunque simpatizaba con la causa feminista, nunca pretendí­ apoyarla al escribir mis libros y, a partir de ‘El cuaderno dorado’ (1962) todo el mundo me tomó como estandarte del feminismo, recibí cientos de cartas de mujeres que se habían convertido en militantes tras leer mi libro. Era frustrante porque ningún crítico se molestaba en opinar si la novela le parecía bien escrita o no, sólo se hablaba de algunas ideas que aparecían en ella, y se hacían interpretaciones extravagantes que todo el mundo daba por buenas. He tenido desacuerdos con las feministas de los años 60, que eran muy dogmáticas. Por ejemplo, no me gusta que repitamos lo que han hecho siempre las mujeres: sentarse en la cocina y quejarse de los hombres: ‘Ha dicho esto’, ‘no ha dicho lo otro’, ‘el otro dí­a se portó como si no tuviera sentimientos’… esa letaní­a estéril que se ha repetido a lo largo de la historia y que algunas han convertido en su modelo. También difiero de esa idea tan sentimental de que las mujeres son más pacifistas: la señora Thatcher condujo, con eficaz salvajismo, una guerra contra Argentina. Mire, en realidad, el mejor aliado de la libertad de las mujeres ha sido la ciencia, que inventó la píldora anticonceptiva, y máquinas como la lavadora”.
A pesar de que ha narrado como nadie las sutilezas del amor, confiesa que “el amor romántico no es lo mío”. Bromea sobre sus malas experiencias con hombres negros (“¡uno me duró tres minutos!”), y apunta que “contra el mito, los hombres ingleses son los más románticos del mundo, porque los encarcelan en internados de muchachos a los siete años, donde noche tras noche sollozan añorando a su madre. No hay nada como esa privación prematura de la madre para crear seres que se enamoren drástica y repetidamente de personas inasequibles. Sin embargo, cuando por fin encuentran pareja, son los mejores amantes, los más inteligentes y divertidos”. Lo que le fascina del enamoramiento es “esa razón por la que dos personas pueden sentirse instantáneamente tan atraídas, los científicos aseguran que es genético pero yo soy incapaz de hallar un patrón común a los hombres que he amado”. Lo que sí tiene claro es una cosa: la pasión no disminuye con la edad, y por eso escribió “De nuevo, el amor” (1996), subyugante relato de los encendidos sentimientos de una dramaturga de 60 años hacia dos hombres mucho más jóvenes. En ella, la protagonista “ve cómo la edad se va volviendo una cuestión importante, aunque siente el amor como cuando era joven, y eso es un desastre para ella. Aunque también existen muchas personas que se enamoran de alguien mayor, pero la sociedad no lo comprende”. Ella misma, admite, “al llegar a la mediana edad, me di a la bebida; me sentía abandonada, no deseada, y me bebía cada día media botella de whisky hasta que, una vez, al ir a gatas al lavabo a vomitar, me dije: ‘Doris, tienes que parar’… y paré. Fueron sólo unos cuatro meses de alcoholismo”.
La lluvia arrecia, de repente, tras los vidrios de la desordenada –pero fascinante- casa de Lessing, en la que los papeles y los trastos siguen ahí, amontonados como si un perturbado genio hubiera estado alborotándolos. Los pájaros del jardín han dejado de cantar. La gata blanquinegra deambula por las escaleras. “¡Nos hacemos viejas, Yum Yum!”, clama Lessing, que le puso el nombre por un personaje de la ópera cómica “Mikado”. “¡Esto de la edad es terrible, amigos!”, dice riendo la escritora, en el zaguán de su casa, con una energía contagiosa que parece desmentir el contenido de su frase.
Biografía Doris Lessig. 

La escritora Doris Lessing ha fallecido a los 94 años. Recibió el Nobel de Literatura en 2007 por una obra que "supo capturar lo esencial y la épica de la experiencia femenina, que con escepticismo, fuego y poder visionario ha sometido a una civilización dividida al escrutinio”. Una narradora, poeta, ensayista e intelectual comprometida con la vida y la literatura en una búsqueda entrelazada a través de una obra con una estética que bien podría ser clásica o de fragmentación posmoderna.
Autora prolífica con más de medio centenar de libros, Lessing, nacida en 1919 en Kermanshah, Persia (actual Irán), practicó casi todos los géneros literarios, desde los 15 años. Es conocida por El cuaderno dorado (1962), obra cumbre de la literatura feminista y de la narrativa fragmentaria postmoderna. Lessing fue galardonada con numerosos premios, entre ellos el Nobel de Literatura en 2007 y el Príncipe de Asturias (2001).
Nació en Irán en 1919, cuando todavía era Persia y bajo el nombre de Doris May Tayler. Pasó su infancia y juventud en Rhodesia (ahora Zimbabue). Allí empezó a leer libros que su madre le compraba por catálogo. Se independizó a los 15 años y empezó a publicar cuentos en revistas sudafricanas. A los 31 años se fue a Londres, con su tercer hijo dejando atrás  dos matrimonios para empezar su carrera como escritora con Canta la hierba (1950). Fue miembro del Partido Comunista británico hasta 1954 que abandonó llevada por la decepción.África, Inglaterra, la mujer, las dudas existenciales y las contradicciones del ser humano tienen un papel esencial en su escritura. Calificada como una escritora feminista y militante de izquierdas, Lessing trascendió las etiquetas al hacer visible temas y problemáticas que tocan a todos los individuos al margen de géneros, ideologías y lugares.

Autora de libros como Instrucciones para un descenso al infierno,Memorias de una superviviente o La buena terrorista, su obras reflejan su pasión y lucha por la libertad, las injusticias generadas por las razas y comprometida con las causas del Tercer Mundo. Su vena cuentística se aprecia en el volumen Las abuelas y la autobiografía en títulos comoDentro de mí y El viento se llevara nuestras palabras.
Bibliografía
Canta la hierba, 1950
Éste era el país del Viejo Jefe, 1951
Martha Quest, 1952
Cinco novelas cortas, 1953
Un casamiento convencional, 1954
La costumbre de amar, 1957
Al final de la tormenta, 1958
Catorce poemas, 1959
En busca de un inglés, 1961
El cuaderno dorado, 1962
Un hombre y dos mujeres, 1963
Cuentos africanos, 1965
Cerco de tierra, 1965
Gatos muy distinguidos, 1967
La ciudad de las cuatro puertas, 1969
Instrucciones para un viaje al infierno, 1971
Historia de un hombre no casado, 1972
Memorias de una superviviente, 1974
A small personal voice, 1974
Shikasta, 1979
Los matrimonios entre las zonas tres, cuatro y cinco, 1980
Diario de una buena vecina, 1983
Si la vejez pudiera, 1984 (con el pseudónimo de Jane Somers)
Los diarios de Jane Somers, 1984 (con el pseudónimo de Jane Somers)
La buena terrorista, 1985
El viento se llevará nuestras palabras, 1987
El quinto hijo, 1988
Historias de Londres, 1992
Risa africana, 1992
Dentro de mí, 1994
De nuevo el amor, 1996
Un paseo por la sombra, 1997
Mara y Dann, 1999
Ben en el mundo, 2000
El día en que murió Stalin: la mujer, 2001
El sueño más dulce, 2002
Las abuelas, 2003
Historia del general Dann y de la hija de Mara, de Griot y del perro de las nieves, 2006
La grieta, 2007
Made in England, 2008


Cien años después de Soledad Acosta de Samper

De cómo una escritora colombiana de hace más de un siglo tocó temas que están en el centro de los debates actuales y de cómo la literatura del siglo XIX es un espejo donde todavía podemos mirarnos.

El centenario de “doña Solita”

Este año se cumplen cien años del fallecimiento de la escritora colombiana más importante de nuestro siglo XIX: Soledad Acosta de Samper (1833-1913). El Ministerio de Cultura declaró este el Año Soledad Acosta de Samper y varios han sido los homenajes que se la han rendido. Entre ellos, la Biblioteca Nacional inauguró el pasado 16 de octubre la exposición “Voces y silencios: Soledad Acosta de Samper, 100 años”, en colaboración con el Instituto Caro y Cuervo y la Universidad de los Andes.
Asimismo, estas tres instituciones y otros generosos patrocinadores, de la mano de la profesora Carolina Alzate, unieron esfuerzos para organizar un Simposio Internacional, abierto al público (previa inscripción), que se propone dialogar alrededor de la obra de la escritora durante los días 30 y 31 de este mes.
Sin duda, la vida de Soledad Acosta es una excepción para su época. A diferencia de sus contemporáneas, Acosta fue una mujer que pudo viajar y viajó, una mujer que sabía escribir y publicó, una mujer que educó e intervino en los debates públicos.
Nacida en Guadas de madre inglesa (Carolina Kemble), educada en parte por su abuela en Halifax, Canadá, y en París por su padre, el general y geógrafo colombiano Joaquín Acosta, la vida de Soledad Acosta es el perfecto ejemplo del conflicto de la intelectualidad romántica que escribió nuestra literatura de fundación nacional. Una intelectual con una profunda pasión nacionalista, pero de arraigada sensibilidad europea.
Novelista, historiadora, cuentista, periodista, traductora, fundadora de revistas y representante de Colombia ante España para el Cuarto Centenario del “descubrimiento” en 1892, Soledad Acosta fue en su tiempo una personalidad principalísima de las letras hispanoamericanas. Mantuvo correspondencia con escritores de la talla de Mercedes Cabello de Carbonera, Clorinda Matto de Turner o Marcelino Menéndez y Pelayo, entre otros. Sin embargo, hoy son todavía muchos los colombianos y latinoamericanos que la desconocen.
La nación como conflicto
Foto: Rafael Diaz Picon
Soledad Acosta de Samper.
Toda buena literatura es la elaboración de un conflicto. Soledad Acosta es un momento alto de nuestra cultura precisamente porque hizo arte de ello. Para quienes decidan vencer sus prejuicios sobre nuestra literatura del siglo XIX, los invito a leer novelas como Dolores o Una holandesa en América, ambas de Soledad Acosta. Estas novelas, como otras tantas de ella, elaboran la nación desde lo que está fuera de lugar.
Dolores, por ejemplo, una novela del mismo año de María, 1867, pero raramente leída y nunca incorporada al canon, cuenta la vida de una mujer blanca y rica, llamada Dolores, en tierras calientes de lo que hoy es Tolima.
Su posición y su raza le auguran un perfecto matrimonio que pronto degenera en otra cosa. Dolores sufre de lepra. Su excesiva blancura, aun bajo el sol del trópico, es síntoma, nos cuenta la novela, de que Dolores padece esta enfermedad, que entonces se creía hereditaria.
La lepra la deformará, expulsándola del pueblo hacia la selva e inhabilitándola para contraer matrimonio. Súbitamente, pasamos del clásico planteo de la novela sentimental —la bella mujer de provincia que se enamora del hombre de la capital— a una novela gótica poblada de monstruos, espectros y fantasmas.
Esa es la materia narrativa de Soledad Acosta, una escritora cuyos textos, desde los bordes mismos de la literatura de su época, hacen visible la nuez de los conflictos sociales de la Colombia de entonces (y de hoy): la imposible pureza racial, el mestizaje como conflicto, la selva como destierro o refugio, etcétera. Tal como Dolores hay muchos otros escritos de Soledad Acosta en mora de ser leídos y estudiados.
Por otra lectura del siglo XIX
Foto: Actividad Cultural Banco de la República
Soledad Acosta de Samper.

El siglo XX —sobre todo a partir del Boom, que calificó nuestro pasado literario como olvidable o lo inventó como una suerte de infancia— borró nuestra rica tradición literaria decimonónica, siendo en particular Soledad Acosta quien sufriera los mayores embates de la desmemoria y la injusticia.
Tal habrá sido el triunfo de la historiografía literaria del siglo XX que la mayor parte de los colombianos tienen una idea puramente finisecular de todo el siglo XIX: gramáticos y latinistas atrincherados en una apolillada “Atenas Suramericana”. La Colombia del siglo XIX se reduce para muchos lectores a la Santafé de Bogotá de Miguel Antonio Caro. Lo que es decir un triste cuarto colonial de ventanas cerradas con bustos de Virgilio y rosarios de cuentas de bronce.
Nada más errado. La literatura que le antecede a Caro por una generación, es decir, nuestra literatura de fundación nacional —la que inventó el país de regiones, la que concibió el mito de la nación mestiza, la que fue a la vez nacionalista y cosmopolita— como buena literatura romántica creó lo autóctono, salió de la ciudad, fue al encuentro del folclor, celebró el tiple, despreció el currulao y no condenó la chicha.
El buen romanticismo colombiano —el de Acosta, el de Isaacs, el de Eugenio Díaz— muestra un país que el siglo XX enterró: una Colombia rural. Las constantes narraciones de esta época acerca de las dificultades de movilidad por la geografía nacional —la falta de vías, las pésimas trochas, etcétera— muestran, sobre todo, que la gente viajaba, migraba, se movía. Y lo mejor: se detenía a contarlo.
En tiempos anteriores al avión, la experiencia de la geografía colombiana no pasaba solamente por los ojos, como hoy, sino por el olfato, por el tacto y por el oído. Todos ellos sentidos que la disciplina corporal actual ha atrofiado.
En una nota escrita para Razón Pública, Erna Von der Walde mostró cómo el conocimiento del costumbrismo colombiano acerca del trópico —las deliciosas listas de frutas y plantas que narra su literatura— es un saber casi perdido para nuestro actual país-archipiélago urbano.
La literatura romántica colombiana, y como parte de ella, el costumbrismo, fue una escuela de recuperación del trópico a través del lenguaje. Entre más rico sea nuestro lenguaje para nombrar—y esto es algo que alimenta la literatura— más rica será nuestra experiencia de la realidad.
La obra de Soledad Acosta demuestra que nuestro siglo XIX, en literatura, en artes, en historiografía y en ciencia, fue un vivir y contar Colombia a la intemperie: en las fiestas de San Juan en tierra caliente o bajando el Magdalena.
Descubrimientos de grandes mujeres
Los eventos académicos, como el que se realizará esta semana, además de las múltiples notas sobre Soledad Acosta que han aparecido en los medios, están logrando lo que buena parte del siglo XX se empecinó, a través de sus silencios, en impedir: descubrir la rica y todavía poco explorada tradición de nuestra literatura e historiografía decimonónicas.
Paradójicamente, los lectores que hoy se aventuren a explorar esta literatura entrarán al siglo XIX, un siglo tan patriarcal, de la mano de una mujer. Algunos dirán justicia poética. Otros, como yo, pensarán que es una lección de la historia, pues creo que hay que leer la cultura nacional a contrapelo: pensar a Colombia desde las mujeres, desde los afros desde los campesinos. Y también desde los textos de las élites disidentes del proyecto civilizatorio. 
Ese gesto —leer el XIX de la mano de Soledad Acosta— es posible hoy gracias a una generación de académicas que han dedicado sus esfuerzos a conjurar el olvido que hacía mucho tiempo se cernía sobre este período de nuestra historia y en particular sobre Soledad Acosta. Hablo principalmente de la profesora Montserrat Ordóñez (1941-2001), a quien está dedicado el Simposio Internacional.
Desde mediados de los años ochenta, cuando el nombre de Soledad Acosta era el silencio, Montserrat Ordóñez se dio a la tarea de rastrear sus textos en revistas del siglo XIX y en primeras ediciones nunca reeditadas. Suya fue la tarea fundamental de recopilar, anotar y comentar varios de sus textos; un esfuerzo que han retomado sus estudiantes, hoy profesores. Por ejemplo, al cuidado de Carolina Alzate, este año acaban de ser coeditadas por el Instituto Caro y Cuervo y la Universidad de los Andes tres novelas cortas olvidadas de Soledad Acosta: Laura (1870), Constancia (1871) Una venganza (1870). Todavía quedan otros tantos textos por recuperar.
Continuando el esfuerzo de Montserrat Ordóñez y revigorizándolo, además de Carolina Alzate, también académicas como Flor María Rodríguez Arenas, Patricia D’Allemand y Catharina Vallejo, entre otras, han movido las constelaciones de la literatura colombiana para que esta pase a gravitar sobre otros ejes.
Gracias a ellas, Soledad Acosta ha dejado de ser lo que era en los textos de literatura: la hija de Joaquín Acosta y la esposa de José María Samper. Ahora, ellos son su padre y su esposo. Se empieza con ello a hacer justicia a una obra, y a un siglo en literatura, el XIX, donde está el meollo de nuestros esplendores y miserias como nación en formación. Es lugar común decirlo: sirva entonces este centenario de Soledad Acosta para pensar a Colombia desde sus textos de fundación nacional.
*Ph.D. en literatura latinoamericana de la Universidad de Nueva York (NYU), profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY) en el College of Staten Island 


Angela Robledo, la política mejor ubicada en la encuesta.

Según el Panel de Opinión de la firma Cifras y Conceptos, que consultó a más de 2 mil líderes de opinión en 16 departamentos de Colombia, por segundo año consecutivo la Representante a la Cámara Angela Robledo se ubica en el primer lugar entre las mujeres como la mejor Representante del país durante el periodo legislativo.

Asimismo, Angela Robledo se ubicó en el primer lugar entre los parlamentarios del Partido Verde (ahora Alianza Verde), y ocupa el tercer lugar entre todos los Representantes a la Cámara del país, con un porcentaje del 12%.
 


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