sábado, 19 de octubre de 2013

Editorial: Ellos, ellas y la gramática

Se pretende forzar cambios en la estructura de la lengua que deforman su modo de ser.

El mundo del lenguaje está alborotado. Un documento del gramático más ilustre del castellano actual, Ignacio Bosque, repudia los artificios que se han inventado para compensar la supuesta discriminación sexual del español y denuncia que desde determinados sectores, a menudo financiados con dineros públicos, se pretende forzar cambios en la estructura de la lengua que deforman su modo de ser. El trabajo de Bosque ('Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer') ha recibido apoyo masivo de la Real Academia Española y de otras academias de la lengua y desató una nueva "guerra de los sexos" en torno a sustantivos y adjetivos.


Bosque denuncia la publicación de numerosas guías editadas por universidades, sindicatos, localidades e instituciones varias, donde se aboga por retorcer el español a fin de "visibilizar" más a la mujer. Según estas guías, el uso de palabras que abarcan los dos géneros aunque correspondan al masculino (i. e., "el ciudadano debe respetar a los funcionarios judiciales") discrimina a la mujer. Afirman que debería decirse "el ciudadano y la ciudadana deben respetar a los funcionarios y funcionarias judiciales" o, al menos, "la ciudadanía debe respetar a la judicatura". 


Parece extenso, pero, para algunos, aceptable. Sin embargo, este camino lleva muy pronto a esperpentos como los que contiene la Constitución de Venezuela. Según ella, solo "los venezolanos y venezolanas por nacimiento" podrán ser "Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, magistrados o magistradas del Tribunal Supremo de Justicia, Presidente o Presidenta del Consejo Nacional Electoral..." y así hasta la náusea.


"La mayor parte de estas guías han sido escritas sin participación de los lingüistas", dice Bosque. Por ello contienen recomendaciones que destrozan las normas de nuestro idioma y contradicen los textos que se enseñan en las aulas. Estamos ante un lenguaje postizo destinado a la escritura oficial o institucional y cuyo origen es la confusión entre género gramatical y sexo. 


La mujer sufre discriminaciones, evidentemente, y hay que luchar por desterrarlas. Pero el campo de batalla es la sociedad, no el diccionario: no se cura el cáncer retocando radiografías. Las maromas para fabricar en conciliábulos una lengua artificial fracasan en la vida cotidiana. Esos que dan la vida por un "señor@s delegad@s" no dicen en su casa "Apúrenle, niños y niñas, que ya pasa el bus y están retrasados y retrasadas". Hace 33 meses, el Concejo de Bogotá aprobó un acuerdo que imponía el "lenguaje con perspectiva de género" en toda comunicación y texto del Distrito, incluso la prensa y televisión municipales. Sobra decir que no se ha cumplido, porque quebranta el espíritu del idioma y obligaría al gobierno capitalino a expresarse en una jerga irreal, insoportable y ridícula.


El documento Bosque, que ya es un manifiesto en pro de la sensatez idiomática, señala cómo ninguna escritora contemporánea reconocida incurre en el despropósito de los desdoblamientos ("los perros rabiosos y las perras rabiosas son peligrosos y peligrosas") o los añadidos artificiales ("perro/a rabioso/a"). Por ahora, la situación no pasa de ser una interesante polémica. Pero ya se habla en Andalucía de multar a quienes contravengan "las directrices lingüísticas sobre género". Si nos descuidamos, un día, por cuenta de la gramática, ciudadanos y ciudadanas podríamos ir a la cárcel condenados y condenadas como reos y reas por funcionarios y funcionarias abusivos y abusivas.

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